El Gran Valle del Rift: donde el mundo se asoma al abismo
En la entrada de octubre, Marcos López Carrero, voluntario de la ONG, nos habla de uno de los paisajes más sobrecogedores de África: una extensa fractura que se extiende desde las orillas del Mar Rojo hasta Tanzania y que esconde los secretos del origen de la humanidad
En una primera aproximación, resulta difícil, al menos
para un español, no relacionar aquello del Rift con el Desastre de Annual o el
Desembarco de Alhucemas; con Abd el-Krim y Millán Astray; con protectorados,
repúblicas y cábalas; con algunos militares africanistas que se forjaron
un nombre a base de arrojo e imprudencia, militares que, en muchos casos, protagonizarían,
no demasiado tiempo después, aquellos días en los que la Patria lloró sangre.
Quizá por una ilusión fonética en la pronunciación o quizá por esa facilidad
con la que la mente humana reconoce historias familiares – como si de una
pareidolia se tratara – donde tan sólo hay nubes, para un español, en fin,
confundir el Rift con el Rif es una cosa y la misma. Pero no. El Rif que tantos
ecos de gloria y miseria nos devuelve a quienes escribimos desde este lado del
estrecho nada tiene que ver con el Gran Valle del Rift. Mientras que el primero
es una región montañosa del norte de Marruecos, el segundo, al que vamos a
dedicar estas pocas líneas, es una inmensa fractura de en torno a 5.000
kilómetros de largo que recorre el este de África desde las orillas del Mar
Rojo, en Etiopía, hasta Mozambique y Tanzania, atravesando unos diez países de
la región.
Si ha viajado usted, querido lector, en alguna ocasión
en el Metro de Londres, quizá recuerde esa admonitoria y engolada frase que, al
llegar a cada estación, nos previene, siempre con la característica flema
inglesa, de que no introduzcamos el pie entre coche y andén: mind the gap,
mind the gap. Pues bien, para que los legos en geografía nos entendamos, el
Gran Valle del Rift es algo así como ese gap, ese «hueco» del suburbano
londinense. De hecho, rift, en inglés, significa eso: grieta, escisión,
foso. Y el del Rift no es uno cualquiera. Con sus miles de kilómetros, está
considerada la fractura más grande del mundo. Si quiere una definición más
técnica, se trata de una fosa tectónica fruto de la divergencia entre dos
placas. Para el caso que nos ocupa, esas dos placas tectónicas son la somalí,
que empuja hacia el este, y la nubia, que lo hace en dirección noroeste, es
decir, prácticamente en la opuesta. La presión que ambas placas ejercen
provocará que el continente acabe fracturándose dentro de unos 50 millones de
años. Cuando esto ocurra, el Gran Valle del Rift se convertirá en un océano, de
forma similar a lo que ya ha pasado, a pequeña escala, con la formación de los
lagos Victoria, Malawi y Tanganica, separando, total o parcialmente, Etiopía,
Somalia, Kenia, Tanzania y Mozambique del resto de África. No obstante, al
contrario de lo que podría parecer, el Rift no es un valle continuo y
homogéneo, sino que su aparición se debe a la suma de un inmenso sistema de
fallas con varias ramificaciones. Ya sabe, querido lector, los misterios de la
geología.
Pero miremos ahora hacia atrás, concretamente unos 3
millones de años antes del presente. Estamos en la parte más boreal del Gran
Valle, en el triangulo de Afar, en la actual Etiopía. Les presento a Lucy, la
abuela del hombre: un australopithecus de cerca de 20 años, que, de
acuerdo con una gran parte de la comunidad científica, es uno de nuestros más
remotos ancestros. Porque es en esta parte del planeta en la que el mundo se
rompe, en la que África entera se asoma al abismo, donde surgió la humanidad,
donde el australopithecus, el homo habilis o el erectus,
de los que también se han encontrado restos en el valle, dieron los primeros
pasos e iniciaron el largo, larguísimo camino que después continuamos nosotros
hasta que el hombre de Cromañón, es decir, el ser humano moderno, pintara los
bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux. El Rift, ese lugar hundido de
naturaleza inhóspita y no domesticada, nos alumbró a todos en el amanecer de
los tiempos.
Podríamos, claro, hablar de mucho más, como de sus
volcanes sagrados, del que el Ol Doinyo Lengai, el único activo de Tanzania,
una montaña sagrada y taumatúrgica en el imaginario del pueblo masái, es un
buen ejemplo. También de sus paisajes infinitos o de su fauna salvaje, que se
distribuye a lo largo y ancho de una pléyade de hábitats, desde las sabanas y
montañas hasta las inmensas profundidades de sus lagos, que en algunos casos
alcanzan el kilómetro y medio. Pero se acaba el espacio. Un espacio que, en el
Gran Valle del Rift, pierde sus dimensiones humanadas y adquiere una escala
telúrica que nos interroga acerca de nuestro propio origen, de nuestros
primeros pasos, y del destino al que el largo viajar de la humanidad acabará
llevándonos.
Créditos
foto: Gran Valle del Rift, paisaje de Tanzania, © Sachi Gahan.

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